El fenómeno emerge, además, en pleno debate sobre las bajas laborales, después de que Alberto Núñez Feijóo haya planteado ampliar las competencias de las mutuas para determinadas patologías.

Los datos dibujan una realidad especialmente relevante para las personas que atraviesan la etapa central de su carrera profesional. Un amplio estudio epidemiológico longitudinal realizado entre 2022 y 2025 sobre más de 118.000 trabajadores expuestos a riesgo psicosocial señala a quienes tienen entre 40 y 49 años como el grupo con mayor proporción de afectación, con un 30,43%, seguido precisamente por los empleados de entre 50 y 59 años, con otro 24%.

Los trabajadores de entre 40 y 59 años concentran conjuntamente el 54,43% de la afectación distribuida por edades que recoge el estudio

Los 40 y los 50, una etapa de máxima presión

La fotografía que ofrece el estudio de Quirónprevención sitúa el foco sobre dos décadas decisivas de la vida laboral. Sumando ambos grupos, los trabajadores de entre 40 y 59 años acumulan un 54,43% de la afectación identificada en la distribución por edades.

Indicador Dato
Afectación entre 40 y 49 años 30,43%
Afectación entre 50 y 59 años 24,00%
Total entre 40 y 59 años 54,43%
Posible afectación psicoemocional en 2024 14,94%
Posible afectación psicoemocional en 2025 19,96%
Exposición directa a riesgos psicosociales 12,78%

La tendencia general tampoco resulta menor. La posibilidad de afectación psicoemocional, evaluada a través de síntomas recientes relacionados con ansiedad y depresión, aumentó desde el 14,94% registrado en 2024 hasta el 19,96% en 2025.

La intensidad detectada fue leve en el 14,66% de los casos analizados, moderada en el 3,52% y grave en el 1,78%.

La concentración del desgaste en las edades intermedias no resulta difícil de relacionar con las circunstancias vitales habituales de esta etapa. Entre los 40 y los 59 años pueden coincidir una elevada responsabilidad dentro de la empresa, exigencias profesionales crecientes, hipotecas y otros compromisos financieros, hijos todavía dependientes económicamente y, cada vez con mayor frecuencia, el inicio del cuidado de padres de edad avanzada.

La presión profesional coincide en estas edades con responsabilidades económicas y familiares que pueden amplificar el desgaste psicológico

No todo el malestar tiene su origen en la empresa

El estudio introduce, sin embargo, una distinción importante. Salud mental y riesgos psicosociales laborales no son conceptos equivalentes.

Entre las personas evaluadas, un 12,78% reconoció estar expuesto directamente a factores de riesgo psicosocial relacionados con su puesto de trabajo. El análisis también identifica el peso de preocupaciones familiares, económicas y sociales externas al ámbito estrictamente profesional.

Esto significa que el problema no puede reducirse exclusivamente a las condiciones de trabajo. El empleo puede actuar como factor protector cuando aporta estabilidad, organización y reconocimiento, pero también puede convertirse en un elemento adicional de presión cuando existen sobrecarga, falta de apoyo, conflictos internos o una elevada exigencia mental.

Esta diferencia resulta especialmente relevante cuando el debate pasa de la prevención a la gestión de las bajas médicas.

Feijóo plantea ampliar el papel de las mutuas

El aumento de los problemas relacionados con la salud mental laboral coincide con una discusión política creciente sobre el funcionamiento de la incapacidad temporal y el absentismo.

Alberto Núñez Feijóo ha defendido que las mutuas colaboradoras con la Seguridad Social puedan realizar pruebas diagnósticas y llegar a emitir el alta médica en determinadas patologías. El líder del PP también ha planteado una mayor conexión entre los médicos evaluadores del Instituto Nacional de la Seguridad Social y las mutuas, además de estudiar incentivos para las empresas que registren menores niveles de bajas.

La propuesta supondría ampliar las atribuciones existentes.

En la actualidad, las mutuas pueden emitir partes de baja, confirmación y alta cuando se trata de accidentes de trabajo y enfermedades profesionales cuya cobertura les corresponde. En las contingencias comunes, en cambio, pueden realizar seguimiento y formular propuestas motivadas de alta, pero no disponen con carácter general de la misma capacidad para decidir directamente la finalización del proceso.

La clave estará en qué patologías quedarían incluidas en una eventual ampliación de las competencias de las mutuas

Las bajas psicológicas, una cuestión todavía por concretar

El cruce entre ambos debates exige una precisión importante: Feijóo ha hablado de permitir el alta por parte de las mutuas en “determinadas patologías”, pero hasta ahora no ha detallado cuáles serían.

Por tanto, no puede afirmarse que una futura reforma fuera a incluir necesariamente ansiedad, depresión, estrés u otros trastornos vinculados con la salud mental.

La cuestión adquiere especial importancia porque los trastornos mentales y del comportamiento se encuentran entre las causas de incapacidad temporal que más han crecido durante los últimos años y porque sus procesos pueden presentar duraciones elevadas.

El debate tampoco se limita a quién tiene capacidad para emitir un alta. También enfrenta distintas perspectivas sobre cómo reducir el absentismo laboral sin perjudicar a quienes realmente no se encuentran en condiciones de trabajar.

Feijóo sostiene que una reforma debería servir para combatir situaciones fraudulentas al mismo tiempo que se refuerza la protección económica de quienes sufren enfermedades graves. Desde el ámbito sindical se ha cuestionado, por el contrario, que las mutuas puedan asumir mayores capacidades para decidir las altas debido a su naturaleza como asociaciones empresariales colaboradoras de la Seguridad Social.

Prevenir antes que gestionar la baja

Los datos sobre los trabajadores de 40 a 59 años añaden así una nueva dimensión al debate. Para las empresas, reducir la duración o el número de procesos de incapacidad temporal es una cuestión económica y organizativa, pero la prevención puede resultar igualmente decisiva para evitar que el trabajador llegue a necesitar una baja.

La creciente carga cognitiva de muchos puestos, la disponibilidad permanente a través de dispositivos digitales, las responsabilidades directivas y la dificultad para separar la jornada laboral del tiempo personal pueden intensificar el desgaste psicológico en una etapa en la que las obligaciones fuera del trabajo también suelen aumentar.

La gestión de las bajas se perfila, por tanto, como solo una parte del problema. El otro gran frente estará dentro de las propias empresas: detección temprana de los riesgos psicosociales, organización de las cargas de trabajo, conciliación, prevención y apoyo a unas plantillas que envejecen progresivamente.

En ese escenario, los profesionales de 40, 50 y primeros 60 años adquieren una importancia creciente. Son una parte fundamental del mercado laboral por experiencia, cualificación y responsabilidad, pero los nuevos datos indican que también pueden constituir uno de los grupos más expuestos al desgaste.

El debate sobre quién debe controlar una baja médica continuará abierto. La radiografía de la salud psicológica de los trabajadores introduce una cuestión previa: antes de discutir cómo y cuándo debe producirse el alta, empresas y administraciones afrontan el reto de reducir las causas que llevan a miles de profesionales a no poder continuar temporalmente en su puesto.